EL ORIGEN DE LA GENTE DE BIEN

EL HOMBRE BLANCO CRISTIANO

Los criollos de origen europeo se sentían superiores ante los indígenas, los afrodescendientes y, por supuesto, ante toda la variedad de “pardos”, que no eran más que aquellos individuos producto de los procesos de mestizaje. Es decir, todos los que no fueran “blancos-blancos”.

Tras la conquista de América, y como consecuencia de esta, a partir del siglo XV en el Viejo Mundo se estableció la consideración de una raza superior, noción que legitimó las relaciones de poder y de dominación sobre las otras “razas inferiores”. La supremacía de esta raza, la blanca, se legitimaba en tanto había sido escogida por Dios para gobernar e instalar la civilización entre los pueblos bárbaros y salvajes. La civilización se instituía  mediante la domesticación del cuerpo, la mente y el espíritu.

 

Desde la antigüedad, el mundo era visto como una gran isla dividida en tres regiones: Europa, Asia y África. Europa se consideraba a sí misma como la región más importante, pues creía que era la más culta y civilizada. Para sustentar esta justificación, los europeos buscaron apoyo en las escrituras judeo-cristianas, específicamente en el mito de la población del mundo. De acuerdo con esta visión, después del diluvio universal, occidente fue poblado por descendientes de Jafet, el hijo amado de Noé y el predilecto de Dios para gobernar y también para someter a otros pueblos.

 

Con este relato se reforzó en el mundo europeo el imaginario de una raza superior representada en el hombre blanco-cristiano, cuya responsabilidad era propagar la civilización en los pueblos bárbaros y salvajes.

 

Cuando los europeos se percataron de que América era un nuevo continente, este ya estaba colonizado y dominado por españoles, ingleses y portugueses. Este hallazgo suscitó la inquietud del origen de sus pobladores. ¿De cuál hijo de Noé descendían?  La pregunta se resolvió  fácilmente. Se concluyó que América era una prolongación de la tierra de Jafet, por tanto los blanco-cristianos europeos tenían la autoridad moral para civilizar este nuevo mundo.

 

A esta idea de una raza escogida por Dios se sumó, en el siglo XVIII, la teoría de Inmanuel Kant, quien planteaba que la raza blanca poseía en sí misma todas las fuerzas motivacionales y talentosas para aprender las artes y las ciencias, en tanto que las otras razas carecían de ese don natural. De acuerdo con este concepto, Kant, elaboró una clasificación de razas en la que los blancos rubios ocupaban la escala superior.

 

Estas ideas de la supremacía eran las que imperaban en el mundo colonial americano. Por ello los criollos de origen europeo se sentían superiores ante los indígenas, los afrodescendientes y, por supuesto, de toda la variedad de “pardos”, que no eran más que todos aquellos individuos producto de los procesos de mestizaje. Es decir, todos los que no fueran “blancos-blancos”. Esta abierta diferenciación racial tuvo consecuencias durante el proceso de independencia de las colonias españolas. La élite criolla sublevada contra la corona encontró poco apoyo en los pueblos autóctonos y los afrodescendientes, que prefirieron pelear del lado de los realistas.

 

Luego de ganada la revolución, la elite criolla reclamó su derecho natural para gobernar el nuevo país. Los pueblos indígenas y los afrodescendientes fueron marginados y excluidos del tratamiento de ciudadanos. La sociedad conservó la estructura colonial fundamentada en castas raciales que eran también castas sociales.

 

En 1886, Colombia se constituyó en una nación católica bajo los mandatos de Roma. La iglesia asumió la educación y estableció una moral social donde prevaleció el discurso hegemónico del hombre blanco-cristiano.

 

Pese a que han pasado más de quinientos años, hoy continúa arraigada en las mentes y en las prácticas la preminencia de unas castas superiores que, merced a su condición genética, está mejor dispuesta para gobernar y dirigir la vida y los destinos de los pueblos.

 

 

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